Como tierra fértil, abramos el corazón a la Palabra
El evangelio de hoy es una exhortación y/o invitación a hacer un examen de conciencia. Muchas veces, por mucho que escuchemos un evangelio o leamos un pasaje de la Biblia, nuestra vida no cambia, nuestra vida parece ser la misma. Parece que la Palabra de Dios no tiene efecto como la gente dice. Pero Jesús se lo deja claro a sus discípulos: «así, por más que miren, no verán; por más que oigan, no entenderán; a menos que se arrepientan y sean perdonados«.
Hoy que recordamos la memoria de Santo Tomás de Aquino, hay una frase de él que me encanta y es muy cierta: «La soberbia nubla la razón». ¿Qué quiere decir esto? Ante los acontecimientos y mensajes que encontramos en la Palabra de Dios, siempre, vamos a ver y percibir todo, como algo pasajero o sin mera importancia, en el peor de los casos, no lo vamos a entender. Pero esto no es porque no seamos capaces o que la Palabra de Dios sea compleja, sino que, nuestra soberbia no nos permite discernir, escruñir y sobre todo, guardarla en el corazón. Claramente, la soberbia abarca mucho más que solo recibir un mensaje, es también, de como vivimos nuestra vida.
La virtud de la soberbia es la humildad, y para tener un corazón humilde es necesario vivir una conversión, y una conversión no es solo decir de palabras «yo creo en Cristo» ó «yo creo en Dios». Conversión es vivir una metanoia, vivir un cambio en nuestras vidas, donde hacemos nuestro corazón dócil a la Palabra de Dios y es ahí donde comienza la humildad. Cuando ya no se trata de lo que yo quiero, sino lo que Dios quiere. «A menos que se arrepientan y sean perdonados«.
Mientras no vivamos este cambio, esta conversión, nuestro corazón va a ser infértil. Por más que escuchemos mensajes, meditaciones, etc. Nuestra vida va a ser la misma. Jesús es claro, cuando la Palabra no penetra, no hay cambio, cuando no hay cambio, no hay conversión verdadera. Recordemos que el primer paso lo tenemos que dar nosotros, porque somos libres, de nosotros depende preparar el terreno. El resto es obra de Dios, pura gracia.
¡Paz y Bien!