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Vida Catòlica noviembre 25, 2025

Cristo es nuestro verdadero refugio

La escena comienza con la admiración humana ante la grandeza material: un templo majestuoso, sólido, adornado con ofrendas que contaban historias de fe y agradecimiento. Pero Jesús rompe la ilusión: aquello que parece inconmovible será derribado. No es una amenaza, sino una invitación a mirar más hondo. Todo lo que el hombre construye, incluso lo más sagrado, es pasajero. El verdadero fundamento no está en la piedra que se ve, sino en la fidelidad invisible que sostiene la vida.

Ante el anuncio de la destrucción, los discípulos preguntan “¿cuándo?”, como quienes buscan controlar el futuro. Jesús, sin embargo, desplaza la atención del calendario a la vigilancia del corazón. Lo urgente no es saber la fecha, sino aprender a discernir. La auténtica amenaza no son los acontecimientos exteriores, sino la posibilidad de ser engañados por voces que prometen seguridades fáciles o salvaciones inmediatas. El verdadero Mesías no irrumpe con estridencia, sino con la discreción de la verdad que permanece.

Luego aparece el catálogo de guerras, terremotos, epidemias, hambres y señales terribles. Estas imágenes no son un pronóstico catastrófico, sino la revelación de que la historia humana es frágil y a menudo convulsa. Pero Jesús insiste: “no se llenen de pánico”. El miedo paraliza, hace perder la claridad y encadena el corazón a la desesperanza. La fe, en cambio, sabe que incluso en el caos la historia no está abandonada a sí misma, sino sostenida por una voluntad de amor que no abdica.

Cada crisis, personal o colectiva, desenmascara nuestras falsas seguridades y nos llama a recuperar lo esencial. Los templos que se derrumban —estructuras, proyectos, expectativas— dejan al descubierto la pregunta decisiva: ¿dónde está mi verdadero refugio? Cuando todo lo visible vacila, lo eterno se vuelve más nítido. Así, lo que parece destrucción puede convertirse en purificación: una llamada a reconstruir sobre roca y no sobre arena.

Este pasaje, lejos de fomentar temor, nos invita a vivir despiertos, con un corazón anclado en lo definitivo. No se trata de huir del mundo ni de obsesionarse con señales, sino de mirar la realidad con una esperanza que no depende de circunstancias favorables. En medio de los temblores de la historia, la serenidad nace de saber que la última palabra no la tienen las ruinas, sino Aquel que permanece.

Paz y Bien!
Amén

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