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Vida Catòlica noviembre 28, 2025

La fragilidad es la mayor señal de nuestra necesidad de Dios

En este pasaje, Jesús invita a contemplar la higuera y los demás árboles: cuando brotan las yemas, cualquiera puede reconocer que el verano está cerca. Con esta sencilla imagen, el Señor nos enseña a leer los signos que revelan la cercanía de Dios. No se trata de cálculos ni de temores, sino de una mirada capaz de discernir. Así como la naturaleza anuncia silenciosamente un cambio de estación, también la historia y la vida personal hablan a quien sabe escuchar.

El mundo está lleno de señales que apuntan hacia el Reino: gestos de misericordia, sed de justicia, corazones que despiertan a la fe, heridas que comienzan a sanar. Del mismo modo, los desafíos, las crisis y los dolores de la humanidad no son solo amenazas; también son llamadas a despertar, a dejar el letargo y volver a lo esencial. Jesús invita a reconocer en todo esto no el fin sin esperanza, sino el comienzo de algo nuevo.

Cuando afirma que “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”, el Señor nos dirige a lo único verdaderamente firme. Todo lo visible es frágil, se desgasta, se transforma. La historia humana es un tejido de cambios, logros y pérdidas. Pero en medio de esa inestabilidad hay una roca segura: la Palabra que no envejece, la fidelidad de Dios que no cambia, el amor que sostiene el universo entero. Esa Palabra no es un conjunto de ideas abstractas; es una presencia viva que acompaña, corrige, renueva y consuela.

El núcleo del mensaje es una llamada a la vigilancia confiada. No es esperar con ansiedad, sino vivir con el corazón despierto, sabiendo que Dios actúa en lo oculto, igual que la savia que sube por las ramas antes de que aparezcan los brotes. La historia —la grande y la personal— está orientada hacia un destino de plenitud. Y quien se apoya en la Palabra eterna puede atravesar cualquier cambio con esperanza, porque sabe que detrás de cada invierno se prepara una primavera, y detrás de cada oscuridad, una luz mayor.

Por eso el Evangelio nos invita a levantar la mirada. A reconocer que, aunque todo parezca pasar, la promesa permanece. Aunque los tiempos sean inciertos, el Señor está cerca. Y aunque parezcan débiles los signos de vida, bastan pequeños brotes para anunciar que la salvación está en marcha. Esta actitud no nace del optimismo humano, sino de una confianza profunda: la certeza de que la historia no está entregada al azar, sino sostenida por Aquel cuya palabra es más firme que el cielo y la tierra.

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