Mi Alma glorífica al Señor, mi Dios.
Mis amados hermanos, dos cosas encontramos en el evangelio de ayer y de hoy: «El asombro de lo imposible«.
Cuando Dios irrumpe nuestra realidad, nuestro espacio y tiempo, es normal que por nuestra naturaleza humana nos encontremos sorprendidos. Y es que tantos Zacarías como María se sorprendieron ante el anuncio del ángel Gabriel. Sin embargo, María Santísima nos da una catequesis de discernimiento y obediencia, y es en esto, que nos vamos a enfocar en esta pequeña meditación de hoy.
¿Cuántas veces nos hemos encontrado en situaciones adversas o complicadas? ¿Cuántas veces también nos hemos encontrado en situaciones donde hermanos o por medio de sueños, recibimos mensajes sobre cosas futuras? Los dones de profesía, las visiones, sí existen, son reales, pero no todo lo bueno, no todo lo bonito, no todo lo esperanzador viene de Dios. Por eso, María, hace uso de su razón, pero a diferencia de Zacarías, trata de entender: ¿Cómo va a ser posible tal anuncio? La lógica de María es la lógica de todos nosotros: ¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen? Pero el ángel Gabriel responde: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios».
María no se opone, María no encuentra ningún tipo de error puesto que, ella, la llena de gracia y justa, bien conoce las escrituras, conocía la profesía de Isaías: «Pues bien, el Señor mismo les dará por eso una señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros».
¿Entonces, qué nos enseña María Santísima? Ante este acontecimiento, María estaba ajustándose al plan de Dios. Y esto tenemos que aprenderlo muy bien nosotros. Dios, si de una u otra manera nos va a alimentar el alma por medio de mensajes, visiones, etc. va a ser con motivo de nuestra propia salvación. «El deseo de Dios es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». María Santísima, fue alguien que la Palabra fue su sustento, la voluntad de Dios su alimento. No encuentra mayor anhelo y deseo que hacer la voluntad de Dios. Así lo expresa en el Magnificat:
Mi alma alaba la grandeza del Señor; mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador. Porque Dios ha puesto sus ojos en mí, su humilde esclava, y desde ahora siempre me llamarán dichosa; porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas. ¡Santo es su nombre!
María conocía todo lo que estaba sucediendo. No era nuevo; lo que le asombraba era que la Palabra se estaba cumpliendo en ella, pero no hay respuesta tan motivada por el Espíritu Santo como: «Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho».
Hagámonos también esclavos del Señor. Que nuestra Madre, el primer ejemplo, la primera discípula, nos ayude en este caminar de esperanza, que sea ella nuestra motivación y ejemplo, que podamos llegar a Cristo por ella.
Paz y Bien,
Amén.