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Vida Catòlica octubre 25, 2025

Misericordia, el motor del amor.

Hermanos, hoy el Señor nos trae un mensaje de misericordia. Ese es el epicentro de este evangelio hoy, la misericordia. Y es que ambas lecturas, tanto la primera, que es tomada de la carta de San Pablo a los Romanos, como el evangelio, nos muestran la misericordia infinita de nuestro Dios.

Hace poco celebrábamos la memoria de San Juan Pablo II, un Papa que en vida fue muy mariano, pero también muy devoto a Jesús de la divina misericordia, es decir, a todo el movimiento misericordioso promovido por Santa Faustina Kowalska. Es precioso, hermanos, conocer sobre la historia de las apariciones de Jesús a Sor Faustina y todo el mensaje de misericordia que ha transmitido Jesús a través de ella. También son preciosos los testimonios de conversión, sanación y perdón, que han sucedido alrededor del mundo con el simple hecho de reconocer la misericordia de Dios, pero no solo eso, ponerla en práctica también para con aquellos que nos han hecho algún daño.

Hermanos, pero. ¿Por qué es la misericordia el epicentro de las lecturas de hoy? Bueno, primero, San Pablo nos deja claro que nuestro cuerpo, a causa del pecado original, está sujeto a la muerte, no hay escapatoria, nuestros cuerpos están corruptos, pero a pesar de eso, nos deja claro también que no hay perdición ni condenación para nosotros, a pesar de que nuestros cuerpos estén ya condenados a morir. Cristo, con su sacrificio nos ha redimido y ahora la salvación está segura para nosotros, Dios ha cumplido con su promesa, Dios ha hecho su parte, nos ha redimido y nos ha salvado de la muerte, pero la voluntad de Dios llega hasta donde comienza la nuestra. ¿Por qué? Porque de nosotros depende despojarnos de ese cuerpo pecador y entregarnos a la redención.

La redención que Cristo nos ha dado es la demostración de amor y misericordia más grande que podemos encontrar en nuestras vidas, porque a pesar de nuestras rebeldías, de nuestro rechazo a Dios, hemos recibido la salvación de manera gratuita.

Hermanos, nosotros somos débiles, somos rápidos al pecado, lentos al amor. Somos rápidos al odio, lentos a la misericordia. Y Dios, en su infinita misericordia, no anda mirando nuestros actos, sino nuestro corazón. Dios conoce nuestras luchas internas, por eso, como el viñador, decide darnos más oportunidades, y mientras estemos en este mundo, Dios, en su infinita misericordia, nos va a seguir aflojando la tierra alrededor, nos va a seguir echando abono, para que al final, demos frutos.

¡Esa es la misericordia de Dios! Cada vez que pecamos, cada vez que le fallamos, Dios no la traduce a castigo, sino a una nueva oportunidad de encontrarnos con Él. No hay manera, hermanos míos, que podamos pagar tanta misericordia, porque todo lo que tenemos lo hemos recibido. ¿Cómo podríamos dar algo que no es nuestro? El mejor regalo que podemos dar a Dios es también darnos, abandonarnos a nosotros mismos y entregarnos al pobre, al necesitado. Darnos el perdón, ser misericordioso como el Padre. Recordemos aquel mensaje de San Pablo: «Entréguense, ofrezcanse su cuerpo como una ofrenda agradable a Dios»

La misericordia de Dios nos alcanza cada día, pensemos que cada día que despertamos, es un acto de amor y misericordia, es una oportunidad nueva de poder dar fruto. Pidámosle a Dios la gracia de poder responderle de la misma manera que nos llama.

Amén!

Como extra, hermanos quiero compartirles este bello documental sobe Santa Faustina Kowalska y la Divina Misericordia:

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